Verán venir al Hijo del hombre (cfr. Mc 13, 24-32)
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Una señora se quejaba con una amiga de que su hijo adolescente era muy atarantado. “El mío es peor –dijo la otra–, y te lo voy a demostrar”. Lo llamó y le dijo: “¡Rápido!, ve a casa a ver si estoy”. Y el muchacho salió corriendo. “El mío es peor –dijo la señora–, y ahora lo verás”. Lo llamó y le dijo: “¡Pronto!, toma dos pesos y ve a comprarme un coche”. Y el chico salió a toda prisa. “¡Son realmente atarantados!”, concluyeron ambas. Pero por el camino los chavos se encontraron, y uno le dijo al otro: “Mi mamá es muy atarantada; me mandó a casa a ver si estaba ¡Y no me dio las llaves!”. “La mía es peor –comentó el otro–; me dio dos pesos para comprar un coche ¡Y no me dijo qué modelo!”
Con respeto, a veces nos parecemos a estos adolescentes atarantados; nos quedamos en lo inmediato y no reflexionamos sobre lo que sucede para comprender. Entonces terminamos corriendo por la vida siguiendo ideologías y modas. Y cuando enfrentamos penas, problemas y desastres morales y naturales nos quedamos confundidos y sin saber qué hacer ¡Y peor si alguien, con relatos espeluznantes, nos dice que ahora sí se acerca el fin del mundo!
Para que no seamos atarantados, Jesús, usando un lenguaje simbólico llamado “apocalíptico”, nos enseña lo realmente importante: comprender que todo se pasa y que sólo él permanece acompañándonos y ofreciéndonos un futuro. Para eso, siendo Dios, se hizo uno de nosotros y nos amó hasta entregar la vida para liberarnos del pecado, darnos su Espíritu y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz .
Jesús nos hace ver que aunque no falten en esta vida las dificultades y las desgracias, él volverá para hacer triunfar definitivamente el bien, la verdad, la justicia, el amor, el progreso y la vida. Su retorno, como explica san Teofilacto al meditar en el ejemplo de la Higuera, “será para los justos como el verano después del invierno” .
El Señor vendrá de nuevo para hacernos partícipes de su vida eterna, como anuncia el profeta Daniel . Eso es lo importante. No nos atarantemos tratando de saber cuándo o cómo sucederá, sino preparémonos para ese encuentro, escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos, orando y viviendo como nos enseña: amando a Dios y amando al prójimo .
“Habrá un día –comenta el Papa– en que yo me encontraré cara a cara con el Señor” . Esta es nuestra esperanza. Y, como recuerda Benedicto XVI: “Quien tiene esperanza vive de otra manera” . Vive las alegrías y la prosperidad sin olvidarse de Dios y de los demás; vive la enfermedad, las penas y los problemas sin caer en la resignación fatalista del que ya no lucha, sino que le echa ganas para mejorar, para unir a su familia y ayudarla a salir adelante, para construir un mundo en el que todos puedan tener una vida digna, y para alcanzar la eternidad.
No lo olvidemos: nuestra vida está en manos de Dios. Por eso podemos vivir tranquilos, sabiendo que él no nos abandonará, sino que nos enseñará el camino para saciarnos de gozo en su presencia y de alegría perpetua junto a él . Con esta confianza, ¡a echarle ganas!
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
1 Cf. 2ª Lectura: Hb 10, 11-14.18.
2 Catena Aurea, 7328.
3 Cf. 1ª Lectura: Dn 12, 1-3.
4 Cf. Aclamación: Lc 21, 36.
5 Ángelus, Domingo 15 de noviembre de 2015.
6 Spe salvi, 2.
7 Cf. Sal 15.

