Dios hará justicia a quienes claman a Él (cf. Lc 18,1-18)
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Hay momentos en los que todo parece perdido; una enfermedad, una pena, un problema. Entonces, en medio del dolor y la desesperación, nos preguntamos: “¿De dónde me vendrá el auxilio?”
Y la respuesta es solo una: “el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra[1]. “Cuando ya nadie me escucha –comenta Benedicto XVI–, Dios todavía me escucha… Él puede ayudarme… el que reza nunca está totalmente solo”[2].
¡Así es! El que reza nunca está solo. Por eso Jesús nos invita a orar, confiando en que Dios, que nos ha creado y nos ha salvado por amor, nos dará lo que en su bondad quiere concedernos, como dice san Juan Crisóstomo[3]. Santa Teresa de Jesús lo comprendió. Por eso decía: “…en este tempestuoso mar… ¿Quien me oye sino Tu, Padre y Criador mío?”[4]
Sin embargo, a veces, al ver que no recibimos lo que pedimos tan rápido como quisiéramos, nos desanimamos. Y eso puede llevarnos a pensar que la oración no sirve y que no tiene caso seguir orando. Pero Jesús, que nos quiere mucho, nos invita a no irnos con la “finta” y a seguir orando, confiando en que Dios nos echará la mano. Es como cuando uno ejercita los músculos; al principio no se nota, pero si somos constantes y perseveramos, poco a poco veremos los resultados.
Hagámosle caso a Jesús. Permanezcamos firmes en lo que hemos aprendido, como aconseja san Pablo a Timoteo[5]. Y si sentimos que no podemos más, recordemos que, así como Aarón y Jur ayudaron a Moisés a mantener los brazos en alto hasta que Dios diera la victoria a Josué[6], así la fe y la oración de la Iglesia nos sostienen. “En ocasiones –comenta el Papa– ya no podemos más, pero con la ayuda de los hermanos nuestra oración puede continuar, hasta que el Señor concluya su obra”[7].
¿Qué pasa cuando bajamos los brazos y dejamos de orar? Que el demonio, con las armas del egoísmo, la injusticia, la envidia, la corrupción, el rencor, la violencia, la indiferencia y el desaliento, empieza a ganar la batalla ¡No lo permitamos! “Confía en Dios –aconseja santa Faustina–, en buenas manos estás… Si Dios quiere realizar algo, tarde o temprano lo realizará a pesar de las dificultades, y tú, mientras tanto, ármate de paciencia”[8].
Armémonos de paciencia. No olvidemos que el que persevera alcanza. Oremos a Dios y hagamos lo que nos toca para que la justicia, que tanto anhelamos, se vaya haciendo realidad en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestra sociedad, confiando en que, tarde o temprano, Dios hará que la justicia triunfe definitivamente, haciéndonos partícipes de su vida por siempre feliz.
+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Sal 120.
[2] Spe salvi 32.
[3] Catena Aurea, 10801.
[4] Exclamaciones del alma a Dios 1. 3.
[5] Cf. 2ª Lectura: 2 Tim 3,14-4,2.
[6] Cf. 1ª Lectura: Ex 17,8-13.
[7] Homilía Domingo 16 de octubre de 2016
[8] Diario, la Divina Misericordia en mi alma, 257 y 270.

