Tu eres el Mesías (cf. Mc 8, 27-35)
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Jesús camina con sus discípulos. Sabe muy bien que él es Dios, creador de todas las cosas, que se ha hecho uno de nosotros para rescatarnos del pecado, darnos su Espíritu, unirnos a él y hacernos hijos suyos. Pero queriendo que ellos lo acepten libremente, les pregunta: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
También nos lo pregunta a nosotros. Él, que a través de su Palabra, sus sacramentos –especialmente la Eucaristía– y la oración, nos ha introducido, como dice el Papa, en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida[1].
¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué significa en mi vida? Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. Así, como señala san Ambrosio, confiesa la divinidad de la encarnación y la fe de la pasión[2]. Pero cuando Jesús explica que ser el Mesías significa, como anunciaba Isaías, escuchar la voluntad salvífica del Padre, no echarse para atrás[3], y amar hasta el extremo de padecer mucho, morir y resucitar, a Pedro no le gustó y trató de disuadirlo. Aunque reconoció que Jesús es el Mesías, desconfió de que lo que él decía fuera lo correcto. Creyó que eran mejor sus propias ideas e intentó imponérselas.
Entonces Jesús lo corrige haciéndole ver que se está dejando enredar por el demonio, que siempre busca hacernos desconfiar de Dios, ofreciéndonos ideas mundanas de egoísmo, placer y éxito inmediato, sin amor; sin estar dispuestos a ningún esfuerzo, a ningún sacrificio por nadie ¿Y qué sucede cuando le hacemos caso al demonio? Que perdemos el sentido de la vida, nos dañamos a nosotros mismos, a la familia y a los demás, y perdemos la eternidad.
Por eso Jesús nos enseña que sólo el que renuncia al egoísmo y lo sigue cargando su cruz, es decir, amando, compartirá su vida por siempre feliz. San Pablo lo comprendió. Por eso pedía a Dios no gloriarse en algo que no sea la cruz de Jesucristo[4]. Esa cruz que ha transformado nuestra historia y la historia del universo entero, demostrándonos que el amor es el auténtico poder, capaz de hacer triunfar para siempre la verdad, el bien y la vida.
Confiemos en Dios, renunciemos al egoísmo y sigamos a Jesús por el camino del amor, demostrando nuestra fe con obras, como nos exhorta Santiago[5]. ¿Qué obras? Amar a los demás e interesarnos por ellos. Es lo que Jesús enseña cuando pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Él, como hace notar el Papa, quiere que compartamos lo que la familia y la gente siente, piensa, vive y sufre[6]; que estemos dispuestos a sacrificar nuestros gustos y comodidades para ayudarles a sentirse queridos, a tener una vida mejor, a progresar, a encontrar a Dios y a ser felices. Así, cuando llegue el momento, caminaremos por siempre ante el Señor en la tierra de los vivos[7].
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Homilía en la Santa Misa con sacerdotes, consagrados, religiosas y seminaristas, Morelia, 16 de febrero de 2016.
[2] Catena Aurea, 9918.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 50, 5-9.
[4] Cf. Aclamación: Gál 6,14.
[5] Cf. 2ª Lectura: St 2, 14-18
[6] Cf. Homilía, 10 de noviembre de 2015.
[7] Cf. Sal 114.

