¿Para quién serán todos tus bienes? (cf. Lc 11, 1-13)
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Aunque no nos guste, hay algo en la vida que es inevitable: la muerte.
“Todos estamos sujetos a la muerte –dice Sancho Panza– … y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va de prisa, y no la habrán de detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras… llama por igual a jóvenes y a viejos”[1].
Es verdad; tarde o temprano moriremos. Y como decía san Paulo VI: “No es sabia la ceguera ante este destino indefectible” [2]. Porque la muerte nos hace ver que, como afirma el Cohélet: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión”[3]. “Las alegrías en esta tierra –escribe Cervantes– por mucho que duren, habrán de acabar”[4].
Sí, por mucho que duren el cuerpo, la salud, la belleza, los placeres, las emociones, los conocimientos, el dinero, las cosas, los puestos, el poder, un día se habrán de terminar. Y puede que sea antes de lo que pensamos. Sin embargo, a veces lo olvidamos y les dedicamos lo mejor de nuestro tiempo y de nuestros esfuerzos.
Pero a pesar de que en el mundo se termine la existencia, en lo más profundo de nuestro ser sentimos que la muerte no puede tener la última palabra; que debe haber algo después; algo infinitamente más grande y mejor de lo que hemos conocido. Y Dios lo confirma revelándonos que él, que nos creó para la vida, no permitió que el pecado nos encadenara a la muerte sino que envió a Jesús para salvarnos[5].
Lo único que nos toca hacer para participar de su vida por siempre feliz, que consiste en amar, es aceptar su salvación, haciéndonos ricos de lo que vale ante él ¿Y qué es eso? Dios mismo. Solo él puede llenarnos de su amor incondicional y eterno para que podamos amar. Por eso san Pablo aconseja: “Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”[6].
Esto es lo que Jesús enseña cuando, al que le pide intervenir para que su hermano le comparta la herencia, le aconseja preocuparse más por la inmortalidad que por las riquezas, como explica san Ambrosio[7]. Y para ayudarnos a entenderlo, nos habla de un rico, que, como señala san Basilio, pensaba “no en repartir, sino en amontonar”[8], y al que Dios le dice: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir”.
De esta manera, como señala el Papa, Jesús nos alerta de lo absurdo que es fundar la felicidad en el tener, y nos hace ver que la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los demás[9]. Se trata, como decía san Juan Pablo II, de darnos a los otros y de comprender que la propiedad se justifica cuando crea oportunidades de trabajo y crecimiento para todos[10].
Pensémoslo. Y conscientes de que esta peregrinación terrena es tan breve como un sueño, pidámosle al Señor que nos enseñe lo que es la vida para que seamos sensatos[11], y así invirtamos para la eternidad; no amontonando, sino compartiendo.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] CERVANTES Miguel, Don Quijote de la Mancha, Ed. Del IV Centenario, Ed. Santillana, México, 2005., Cap. VII, p. 596, y Cap. XX, p. 706.
[2] Testamento, en vatican.va.
[3] Cf. 1ª Lectura: Ecl 1,2; 2, 21-23.
[4] Don Quijote de la Mancha, Op. Cit., 1ª parte, II, p. 8.
[5] Cf. Sb 2,24; Rm 5, 12-18.
[6] Cf. 2ª Lectura: Col 3,1-5. 9-11.
[7] Citado en SANTO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea, 10213.
[8] Hom. 6.
[9] Cf. Angelus, Domingo 4 de agosto de 2013.
[10] Cf. Centesimus annus, nn. 30, 36, 43.
[11] Cf. Sal 89.

