Pidan y se les dará (cf. Lc 11, 1-13)
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Jesús ora. Se une al Padre y platica con él. Deja que lo quiera, que lo abrace, que lo apapache, que lo escuche, que le hable, que lo consuele, que lo ilumine, que lo fortalezca, que lo guíe y que lo acompañe hasta la meta. Y esa íntima unión la refleja viviendo tan plenamente, que uno de sus discípulos, admirado, le pide: “Señor, enséñanos a orar”.
También nosotros se lo pedimos, porque necesitamos de un amor incondicional e infinito que nos llene totalmente y que haga nuestra vida plena y eterna; un amor que nos conozca, que nos comprenda, que nos quiera como somos, que nos haga mejores, que nos consuele, que le dé sentido a todo, que nos saque adelante y que nos lleve a la meta.
Jesús lo sabe. Por eso, invitándonos a experimentar la grandeza del amor divino, nos enseña a llamar a Dios “Padre”. Porque él, creador de todo, a pesar de que le fallamos, envió a su Hijo para liberarnos del pecado, comunicarnos su Espíritu y darnos una vida nueva[1]: ser hijos suyos[2], partícipes de su vida por siempre feliz.
¡Somos hijos de Dios! Y para vivir conforme a esta dignidad debemos seguir a Jesús, nuestro modelo, que confía en el Padre y hace su voluntad, amando y sirviendo a los demás, interesándose por todos, como hizo Abraham[3].
Claro que esto cuesta trabajo. Pero el Padre está dispuesto a echarnos la mano. Por eso Jesús nos enseña a pedirle que su nombre sea santificado, es decir, que nos ayude a reconocerlo y a vivir como pide para que su Reino de amor, verdad, justicia y paz venga a nosotros, a nuestra familia y al mundo, como explica san Agustín[4].
Así seremos capaces de confiar en él para descubrir lo que es realmente necesario y pedírselo[5], comprometiéndonos a trabajar y a poner de nuestra parte para que nadie carezca de ello: alimento, casa, vestido, empleo, educación, justicia, atención sanitaria, seguridad, progreso, amor, y sobre todo, su Palabra y la Eucaristía.
Y entre lo necesario para una vida plena y eterna, está su perdón, que nos levanta y nos ayuda a seguir adelante. Por eso Jesús nos enseña a pedir al Padre que perdone nuestras ofensas, dispuestos a dejarnos liberar de las cadenas del rencor y a entrar en la dinámica del amor perdonando a los que nos ofenden.
Sin embargo, en el camino del amor que lleva al cielo no faltan obstáculos. Por eso Jesús nos enseña a pedir al Padre que no nos deje caer en tentación, la que, en sus diversas formas, tiene siempre un denominador común: desconfiar de él[6].
De ahí que, a través de una parábola, Jesús nos recuerde que Dios es bueno y que siempre da cosas buenas. Es más, él nos da lo mejor: su Espíritu, es decir, a sí mismo[7], para que llenos de su amor, seamos capaces de amar, y así hagamos nuestra vida plena y eternamente feliz.
Con esta confianza platiquemos con nuestro Papá Dios, que siempre nos escucha[8]. Y aunque de momento parezca que no, perseveremos en la oración, como enseña Jesús. Es como el ejercicio; para desarrollar los músculos no basta un día, sino que se requiere dedicación, tiempo, repetir bien cada rutina y constancia.
¿Y qué desarrolla en nosotros la oración? Nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por cosas realmente importantes y necesarias, como explica el Papa[9] ¡Lo necesitamos tanto! Por eso, unidos a Jesús y guiados por su Espíritu, regalémonos la oportunidad de platicar con Dios y dejarnos querer y ayudar por él, experimentando la alegría siempre nueva y sin final de llamarle “Padre”.
+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 2ª Lectura: Col 2, 12-14.
[2] Cf. Aclamación: Rm 8, 5.
[3] Cf. 1ª Lectura: Gn 18,20-32.
[4] Cf. De ver. Dom., serm. 27.
[5] Cf. SAN CIRILO, SAN BASILIO y SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, 10101.
[6] Cf. BENEDICTO XVI Gesù di Nazaret, Ed. Rizzoli, Italia, 2007, p. 50.
[7] Ibíd., p. 166.
[8] Cf. Sal 137.
[9] Cf. Angelus, Domingo 24 de julio de 2016.

