Muchas cosas te preocupan, siendo una sola necesaria (cf. Lc 10, 38-42)
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¿No les ha pasado que, buscando en su coche una dirección, en medio de las prisas han pensado que detenerse a preguntar o consultar el GPS es perder tiempo, y han terminado dando vueltas y vueltas sin llegar a su destino, gastando tiempo y gasolina, desesperados, enojados consigo mismos y peleando con los demás? Pues algo así le pasó a Marta.
Jesús llegó a su casa. El mismo Dios que visitó a Abraham y lo bendijo dándole descendencia[1], ahora, hecho uno de nosotros, entraba en su hogar para mostrarle cómo hacer la vida por siempre feliz. Ella y su hermana, que seguramente buscaban esa meta, lo recibieron. Pero mientras María lo escuchaba, Marta, dejándose absorber por el trabajo y las preocupaciones, no se dio tiempo para estar con él. Hasta que, cansada y de malas, por fin se dirigió a Jesús, pero para reclamarle: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.
Marta no podía más ¡Y todavía quedaba tanto por hacer! Y Jesús, ¿no se daba cuenta o no le importaba? Y María, ¿no veía el trabajo que había o quería perjudicarla dejándola sola con el quehacer? ¡Nadie la entendía ni le echaba la mano! Todo lo hacía por ellos y ellos no lo valoraban. Eso la enojó tanto que empezó a pelear con el Señor y con su hermana[2]. Y es que como dice Séneca: el cansado busca pleito[3].
Lo mismo puede pasarnos en medio de tantas cosas en qué pensar, tantos problemas qué enfrentar, tantos asuntos qué resolver y tantas cosas qué hacer ¡Hasta entrar en las redes sociales! ¡No queda tiempo para nada! Ni para escuchar y hablar con Dios, ni para dialogar con nosotros mismos, ni con los demás.
Entonces, arrastrados por esa vorágine, nos vamos alejando de Dios, de nosotros mismos, del esposo, de la esposa, de los hijos, de los papás, de los hermanos y de los que nos rodean. Comenzamos a no ver claro y a perder el rumbo. Las actividades y las cosas nos abruman. La rutina se vuelve insoportable. Nos sentimos cansados y solos. Crece el sentimiento de que los demás, Dios incluido, no nos comprenden, no valoran lo que hacemos, no se interesan por nosotros y no nos echan la mano. Nos enojamos cada vez más, hasta que explotamos y terminamos peleando con todos.
Al dejarse llevar por la actividad, el cansancio y el enojo, Marta comenzó a ver las cosas como no eran; sintió que Jesús y María estaban en su contra, y los atacó. Pero Jesús no se enganchó sino que la ayudó a elegir lo mejor haciéndole ver que en medio de las preocupaciones y ocupaciones no debemos olvidar que ante todo necesitamos de Dios, el único que puede darle sentido a todo y hacer nuestra vida eternamente feliz. Lo demás, por importante que sea, se termina.
Por eso, como explica Teofilacto, el problema es dejarnos absorber por las cosas y las actividades[4]. Para que eso no nos suceda, la clave es escuchar, como señala el Papa[5]; escuchar a Dios, escucharnos a nosotros mismos y escuchar a los demás. De lo contrario, dispersos en todas direcciones, seremos vulnerables en todas partes, como advertía un estratega[6].
Eso fue lo que le pasó a Marta; al descuidar su relación con Dios, dañó su relación consigo misma y con su hermana. Aunque hacía las cosas con buena intención, perdió el control. Ya no supo comunicarse; en lugar de dialogar para resolver la situación, habló para desquitarse y reclamar. Y eso nos pasa a menudo; descuidando nuestra relación con Dios, vemos alteradas las cosas; miramos a la familia y a los demás como enemigos y les declaramos la guerra, peleando incluso por cosas sin importancia.
A lo mejor, absortos por el trabajo, las actividades e inquietudes, no nos hemos dado cuenta que quizá somos de los que hacen todo por su familia, menos estar con ella; de los que trabajan por los suyos, pero viven peleando con ellos; de los que dicen saber que Dios está en todas partes, pero no se acuerdan de él; de los que están tan lejos de sí mismos, que no descubren sus motivaciones reales y el sentido de la vida; de los que caminan mucho, sin pensar en la meta o si ese camino lleva a ella; de los que se preocupan por muchas cosas, y olvidan lo más importante: dejarse amar y dar amor.
Pero Jesús no nos abandona; viene a nosotros en su Palabra, sus sacramentos –sobre todo la Eucaristía–, la oración y el prójimo, para darnos vida eterna, enseñándonos que a ella se llega por el camino del amor, actuando honrada y justamente[7]. Recibámoslo, y en medio de las preocupaciones y las ocupaciones descubriremos, como san Pablo, que hasta con nuestros sufrimientos podemos echarle la mano a los demás y ayudarles a que juntos nos unamos a Dios[8]. Así estaremos eligiendo la mejor parte.
+ Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 1ª Lectura: Gn 18,1-10.
[2] Cf. Angelus Domingo 18 de julio de 2010.
[3] Cf. De la ira y la clemencia, Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, Veracruz, México, 2001, III, 10. p. 130.
[4] Cf. Catena Aurea, 10038.
[5] Cf. Angelus, Domingo 17 de julio de 2016
[6] Cf. SUN TZU, El Arte de la Guerra, Ed. Coyoacán, México, 2003, n. 6.15.
[7] Cf. Sal 14.
[8] Cf. 2ª Lectura: Col 1,24-28.

