¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (cf. Lc 6,39-45)
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Era muy joven Alejandro Magno, cuando su padre Filipo II, rey de Macedonia, ofreció un banquete para festejar su nuevo matrimonio. Su flamante suegro, Atalo, brindó para que el matrimonio diera un heredero legítimo al rey. Disgustado, Alejandro le gritó: “¿Acaso soy yo un bastardo?”. Filipo se levantó enfurecido para poner orden, pero como había bebido bastante, cayó al suelo. Entonces, Alejandro le dijo: “¿Y tú piensas conducir nuestros ejércitos cuando no eres capaz de conducirte a ti mismo a través de este salón?”
¡Qué frase tan dura! ¿Verdad? Y lo peor es quizá se nos pueda aplicar a nosotros. Porque seguramente más de una vez, embriagados por el egoísmo, hemos dejado que la vista se nos nuble y hemos perdido el control. Y si no vemos claro el sentido de la vida, si no distinguimos el amor de la pasión y lo bueno de lo malo, ¿cómo podremos sacar adelante nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo y nuestra sociedad?
Sin embargo, no faltan los atrevidos que, aunque no vean claro, pretenden guiar a los demás: “Cada quien tiene su verdad”. “Al cuerpo lo que pida”. “El que no tranza no avanza”. Así dejan ver lo que hay en ellos[1]: vacío, confusión e imprudencia ¡Cuántas veces un mal consejo o una mala influencia ha separado a una familia y ha extraviado a alguien que iba por buen camino!
Pero Dios, creador de todas las cosas, se ha hecho uno de nosotros en Jesús para darnos la victoria[2] ¿Cómo? Liberándonos de la ceguera del pecado y conduciéndonos por el camino del amor, que hace la vida plena y eterna.
Él, que es la verdad[3], nos enseña que para realizarnos y ayudar a construir una familia y un mundo mejor debemos empezar por nosotros mismos. Porque, como dice san Beda: “Con la mente viciada, no podemos curar los vicios de los demás”[4]. Cegados por el egoísmo, la sensualidad, la envidia, la avaricia, el poder, la ira, el rencor, la corrupción y la indiferencia, en lugar de ayudar a otros, les vamos a echar la culpa de lo que pasa.
Como el que le dice al médico: “Creo que mi mujer se está quedando sorda”. “Hágale una prueba –responde el doctor– háblele y vaya acercándosele hasta conteste, y me informa”. Así, a la hora de cenar, se coloca a tres metros de su esposa y le pregunta: “¿Qué hay de cenar?”. Silencio. Se acerca un metro y pregunta: “¿Qué hay de cenar?”. Silencio. Se acerca otro metro y pregunta: “¿Qué hay de cenar?”. Silencio. Se acerca a unos centímetros y pregunta: “¿Qué hay de cenar?”. Entonces la mujer, mirándolo, le dice: “Por cuarta vez, ¡Pollo!”.
¿Quién era el sordo?… Juzgar a los demás es creernos perfectos. Y eso es ponernos en el lugar de Dios. A eso es lo que Jesús llama hipocresía. El hipócrita, tratando de engañar a los demás, se engaña a sí mismo. Por nuestro bien, no caigamos en la hipocresía. Para eso, como aconseja el Papa, mirémonos en el espejo antes de juzgar a los demás[5].
Con la ayuda de Dios podremos ver la realidad y mejorar para ser capaces de conducir nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestra sociedad hacia una vida plena en esta tierra y felicísima por siempre en el cielo[6]. Vale la pena, ¿verdad? Entonces, ¡hagámoslo!
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] 1ª Lectura: Eclo 27, 4-7.
[2] Cfr. 2ª Lectura: 1 Cor 15, 54-58.
[3] Cf. Aclamación: Jn 17, 17.
[4] Catena Aurea, 9639.
[5] Cf. Homilía en la Santa Misa celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, 20 junio 2016.
[6] Cf. Sal 91.

