Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso (cf. Lc 6, 27-38)
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En la antigüedad, para muchos era evidente: la Tierra es plana. Así se veía y así se describía en las obras y mapas más antiguos de la humanidad. Pero algunos, que observaron con más detenimiento y profundidad, se dieron cuenta que no; que la Tierra no es plana sino redonda, y así lo enseñaron. Y gracias a ellos hoy lo sabemos.
¿Pero porqué se pensó que la Tierra era plana? Porque la observación inmediata la hacía ver así. De hecho, estudiosos de las psicologías del desarrollo y del conocimiento explican que en la infancia, el primer modelo mental que nos hacemos del mundo es plano. Pero poco a poco se nos ayuda a comprender que no es así.
Esto es lo que hace Jesús cuando nos dice que el éxito en la vida no se alcanza odiando a los enemigos, peleándonos con los que nos hacen algún mal y dándole la mano sólo a los que nos pueden devolver el favor, porque eso es condenarnos a no avanzar, creyendo que la vida es plana.
Jesús, que haciéndose uno de nosotros y amando hasta dar la vida nos da vida plena y eterna[1], nos invita a mirar más allá para ir hacia el infinito: “Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”.
¿Suena raro, verdad? Como les sonaba a los antiguos cuando alguien, contra la opinión más difundida, decía que la Tierra es redonda. Pero aunque suene raro o difícil, Jesús enseña la verdad: el único camino para alcanzar una vida plena que llegue a ser eternamente dichosa es la misericordia.
“El amor misericordioso –recuerda el Papa– es el único camino a seguir… no chismorrear, no juzgar, no desplumar a los demás con las envidias y los celos… la misericordia es esto: perdón y don”[2].
Quizá nos parezca difícil ser misericordiosos. Pero así como Dios ayudó a David a respetar la vida de Saúl[3], él, que perdona nuestros pecados, rescata nuestra vida del sepulcro y nos llena de amor y de ternura[4], es capaz de echarnos la mano a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, para que seamos misericordiosos como él.
Así, al tiempo de hacernos ver que, como decía san Juan Crisóstomo, somos humanos, no bestias feroces[5], Dios nos pondrá “en forma” para que, en casa, la escuela, el trabajo y la convivencia social, tratemos a los demás como queremos ser tratados: con un amor gratuito, generoso, fiel, incondicional, capaz de perdonar, de restaurar y de mejorarlo todo.
Aunque a veces sintamos ganas de amar sólo a los que nos aman, de dar sólo a los que pueden devolvernos el favor, y de juzgar y condenar, iluminados por Jesús miremos más allá. Así, como decía un estratega, sabremos ceder una ventaja transitoria para alcanzar beneficios a largo plazo[6] ¿Cuáles? Construir una familia y un mundo mejor, y alcanzar una vida por siempre feliz ¡Vale la pena!
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 15, 45-49.
[2] Audiencia general, 21 de septiembre de 2016.
[3] Cf. 1ª Lectura: 1 Sam 26,2-23.
[4] Cf. Sal 102.
[5] Cf. Catena Aurea, 9627.
[6] Cf. SUN TZU, El arte de la guerra, Ed. Coyoacán, México, 2003 , n. 7.23.

