El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra (cf. Jn 8,1-11)
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Sonó un celular en el baño de vapor. Después de unos momentos un hombre lo tomó y contestó. “Mi vida –dijo una mujer–, vi un abrigo muy bonito, pero un poco caro ¿Puedo comprarlo?”. Tras una pausa, el hombre respondió: “Si”. “También vi un vestido y unos zapatos… ¿Puedo comprarlos?. “Si”, dijo él. “Está de buenas”, pensó ella, y aprovechando la ocasión le preguntó: “Hace tiempo que mamá no viene a casa ¿Puedo invitarla a quedarse un mes?”. “Sí”, respondió él y colgó. Entonces levantó el teléfono diciendo: “¿De quién es éste celular?”.
¡Qué sorpresa iba dar el hombre del chiste al dueño del celular! ¿Verdad? Lo que no es chistoso es que no pensó que el otro es un ser humano. Y esto pasa a menudo; vemos a los otros como si fueran cosas en las que podemos descargar nuestros enojos y frustraciones. Así sucedió con los escribas y fariseos que llevan ante Jesús a la mujer adúltera; había fallado y querían acabar con ella, y también tenderle una trampa a él. Como dice Alcuino: “le preguntan, no para aprender, sino para estorbar a la verdad” [1].
Y nosotros, ¿cómo reaccionamos frente a las fallas de la esposa, del esposo, de los hijos, de los papás, de los hermanos, de la suegra, de la nuera, de la novia, del novio, de los vecinos, de los compañeros y de la gente que nos rodea? Quizá, olvidando que son personas, los reduzcamos a lo que no nos gusta de ellos y los condenemos, maltratándolos, exhibiéndolos o castigándolos con la “ley del hielo”.
Pero actuando de esa manera también estamos fallando. Así lo hace ver Jesús cuando, sin negar que lo que hizo la mujer esta mal, invita a tomar conciencia de que es un ser humano; que no hay que destruirla sino restaurarla. Y para eso comienza por guardar silencio y escribir en la tierra. Así, como dice el Papa, nos enseña a no actuar impulsivamente y a reconocer que también somos pecadores[2].
“Aquel que esté sin pecado –dice el Señor–, que le arroje la primera piedra” ¡Qué importante es tener esto presente cuando sentimos ganas de tirarle la piedra de una palabra ofensiva, de un comentario despectivo, de un chisme, de un golpe o de una condena a otra persona, como si nosotros fuéramos perfectos! Porque como señala san Gregorio: “El que no se juzga a sí mismo antes, desconoce lo recto al juzgar a otro[3].
Una copa de plata podrá mancharse, pero no deja de ser plata. Y a nadie se le ocurriría tirarla a la basura porque se manchó ¿Qué se hace? Se le limpia. Todos somos hijos de Dios, que nos ama. Por eso, al ver que nos ensuciamos por el pecado, no nos rechaza sino que se hace uno de nosotros en Jesús para limpiarnos y echarnos la mano a fin de ayudarnos a ser mejores[4]. Así realiza algo nuevo[5] ¡Dejémonos renovar por él! Y comprendamos que, como a la mujer, nos dice: “Vete y no peques más”.
Aunque hayamos pecado, él siempre puede ayudarnos a dejar lo que nos estorba y a lanzarnos hacia delante en busca de la meta eterna a la que Dios nos llama[6]. Con esta confianza, reconozcamos nuestras fallas, pidámosle perdón y procuremos asemejarnos a él, de tal manera que, a los que caen, no los condenemos ni los destruyamos, sino les demos la mano para ayudarlos a levantarse y a seguir adelante, hasta alcanzar el cielo.
+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Catena Aurea 12801.
[2] Cf. Ángelus, V Domingo de Cuaresma, 13 de marzo de 2016.
[3] Moralium 14, 15.
[4] Cf. Sal 125.
[5] Cf. 1ª Lectura: Is 43,16-21.
[6] Cf. 2ª Lectura: Flp 3,7-14.

