“Ha hecho cosas grandes en mí el que todo lo puede” (cf. Lc 1,39-56)
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“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador… porque ha hecho en mí grandes cosas”. Con estas sencillas palabras, dichas con el corazón, María haciendo memoria, reconoce que cuanto ella es y tiene proviene de aquél que es Autor de cuanto existe. Que fue Dios quien la creó y la liberó de todo pecado desde su concepción; que fue Dios quien la eligió y la hizo concebir por obra del Espíritu Santo al Salvador, convirtiéndola en Madre de Dios encarnado, permaneciendo siempre virgen; que fue Dios quien, al término de su vida terrena, la elevó en cuerpo y alma a la gloria del cielo[1].
Hoy, al inaugurar el Año Jubilar por el 60 aniversario de nuestra Diócesis, como María, hacemos memoria de nuestra historia y nos unimos a ella para glorificar al Señor, reconociendo con gratitud que todo cuanto somos y poseemos proviene de su amor misericordioso. Es él quien creó esta tierra en que vivimos. Es él quien permitió que diversas comunidades indígenas la poblaran. Es él quien envió a los primeros misioneros, entre los que destacan Fray Andrés de Olmos y Fray Juan Bautista de Mollinedo. Es él quien hizo posible que esta porción de la Iglesia llegara a constituirse en diócesis.
Es él quien a lo largo de estos sesenta años nos ha guiado a través de generosos pastores, como Mons. Estanislao Alcaraz, Mons. Sabas Magaña, Mons. Francisco Javier Chavolla, Mons. Faustino Armendáriz, Mons. Ruy Rendón, y muchos sacerdotes, diáconos, consagradas, consagrados, seminaristas y fieles laicos que han edificado este Pueblo de Dios.
Es el quien, al iniciar los festejos por este sesenta aniversario, nos regala gracias especiales: el Año Jubilar y la Indulgencia Plenaria que en nombre del Santo Padre la Sede Apostólica nos concede, y la visita de las reliquias de Santa Margarita María de Alacoque, discípula muy querida del Sagrado Corazón[2], a quien el Señor le dijo: “Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro”[3].
Por todo esto, nuestra alma glorifica al Señor y nuestro espíritu se llena de júbilo en Dios, nuestro salvador, porque ha hecho en nosotros grandes cosas. Él, nuestro Padre y Creador, tras la caída original, envió a su Hijo para que, amando hasta dar la vida, nos liberara del pecado, nos diera su Espíritu, nos uniera a sí mismo y nos hiciera hijos suyos, partícipes de su vida plena y eterna.
Lo glorificamos, como María, que, llena de su amor, lo imitó y se encaminó presurosa a servir. Va de prisa, porque como dice san Ambrosio: “la gracia del Espíritu Santo no admite lentitud”[4]. ¿Y a qué va? A evangelizar y a servir; a comunicar a Isabel y al hijo que ha concebido la alegría del encuentro con Jesús, a quien lleva en su seno virginal.
“María –comenta el Papa Francisco– es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios… un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo… al encuentro con los demás” [5].
No se dejó amedrentar por el demonio, que pretendió matar a su Hijo, como sucedió a la mujer del Apocalipsis[6], en quien la Iglesia reconoce a María[7]. Perseveró, como fiel discípula misionera de Jesús, que, amando hasta dar la vida, resucitó haciendo posible la resurrección de los muertos[8]. Por eso, al término de su vida terrena, fue llevada al cielo.
“…en la Asunción de María –comenta Benedicto XVI– contemplamos lo que estamos llamados a alcanzar en el seguimiento de Cristo… la Madre de Dios nos invita a mirar el modo como ella recorrió su camino hacia la meta”[9] ¡Fue llevada al palacio real[10]!
¿Cómo lo hizo? Creyendo en Dios y haciendo lo que le pide: correr a servir, compartiendo con todos la dicha de este encuentro, que hace la vida por siempre feliz.
Como ella, creamos en Dios y confiemos en él. Para ello, sigamos el consejo del Papa, que nos dice: “Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia… el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”[11].
Cuando reconocemos que Dios nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida y piensa en nosotros porque nos ama, descubrimos, como santa Margarita María de Alacoque, que él, a pesar de nuestros errores y malos momentos, tiene abierto para nosotros su Sagrado Corazón, del que brota su Espíritu de amor, infinito e incondicional, que levanta, que restaura, que transforma y que llena la vida, dándonos la fuerza para compartirlo a los demás y así avanzar hasta ser por siempre felices.
¡Abrámosle nuestro corazón, abriéndoselo a los demás! Como María, que se encaminó presurosa a amar y servir, sin lentitudes, vayamos a casa, al barrio, a la escuela, al trabajo, a la comunidad, a los amigos, a los más necesitados y a nuestra sociedad, y, llevándoles a Jesús, que es el Amor encarnado, hagamos que salten a una vida digna, a una vida que vaya progresando, a una vida en paz, a una vida plena y eternamente dichosa, que sólo en Dios se puede encontrar.
Que Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, Santa Margarita María de Alacoque y todos los santos nos obtengan del Señor la fuerza para hacerlo así.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
15 de agosto de 2018
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[1] Cf. PÍO XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 1950.
[2] Autobiografía, Ed. Administración de «El Mensajero», Calle de Ayala (Ensanche), Bilbao, 1890, pp. 108.
[3] Ibíd., 106 y 107.
[4] Catena Aurea, 9139.
[5] Homilía Basílica de Guadalupe, 13 de febrero de 2016.
[6] Cf. 1ª Lectura: Ap 11, 19; 12,1-6.10.
[7] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1138.
[8] 2ª Lectura: 1 Cor 15, 20-27.
[9] Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto de 2009.
[10] Cf. Sal 44.
[11] Gaudete et exsultate, 153.

