Y mientras los bendecía, fue elevándose al cielo (cf. Lc 24, 46-53)
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En el vientre materno, uno pregunta a su gemelo: “¿Crees en la vida después del parto?”. “¡Claro!”, responde el otro. “No hay nada –dice el primero– ¿Qué clase de vida sería?”. El otro contesta: “Podremos caminar, habrá más luz que aquí y muchas cosas que ahora no podemos entender, y nos reuniremos con mamá”. “Si hubiera vida después del parto –dice el primero– ¿por qué nadie ha regresado de allá? Además, caminar es imposible ¿Y a poco crees en mamá? Si existe, ¿por qué no la vemos?”. “Estamos en ella –contesta el otro– Y si guardas silencio y te concentras, percibirás su presencia y la escucharás”.
Hoy, en el silencio de la oración y concentrándonos en la Sagrada Escritura, en la Sagrada Tradición y en la Eucaristía, percibimos a Dios y escuchamos su voz en Jesús, en quien nos demuestra que existe, que nos ama, y que después de esta vida en la tierra nos espera en el cielo para hacernos por siempre felices junto a él.
Para eso Jesús, siendo Dios, se hizo uno de nosotros y, amando hasta dar la vida, nos rescató del pecado y nos hizo hijos del Padre. Así nos da la seguridad de que podemos entrar con él en la casa de Dios[1]. “Tú serás igualmente llevado a los cielos –dice san Juan Crisóstomo– porque así como la cabeza, es el cuerpo”[2]. Por eso el Papa comenta que, con su ascensión, Jesús atrae nuestra mirada al cielo, “para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre”[3].
Volviendo al cielo, su trono[4], Jesús nos hace ver que hay algo después de esta vida; algo maravilloso, infinitamente más grande de lo que hemos conocido hasta ahora: el encuentro pleno y definitivo con el Padre. Esa es la meta que le da sentido a todo. Por eso, si como a los discípulos se nos preguntara: “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?”[5], podríamos responder: viendo lo que nos aguarda.
Después de todas las penas y los problemas pasajeros en esta tierra, al final nos espera la felicidad total y eterna del encuentro con Dios, si seguimos a Jesús por el camino del amor. Y para que podamos hacerlo, él nos comunica su Espíritu, al que debemos albergar permaneciendo unidos y escuchando su Palabra, recibiendo sus sacramentos –especialmente la Eucaristía–, y platicando con él en la oración.
Así tendremos la fuerza para ser comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, para perdonar y pedir perdón. De esta manera, ayudando a levantar la vida de nuestra familia, de nuestros vecinos, de nuestros compañeros y de los que nos rodean, especialmente de los más necesitados, seremos testigos del amor de Dios y animaremos a muchos a volverse a él.
“Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior –aconseja san Gregorio Magno–, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo… No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino”[6] ¡A echarle ganas!
+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 2ª Lectura: Hb 9,24-28; 10, 19-23.
[2] Catena Aurea, 11450.
[3] @Pontifex_es, 30 mayo 2019.
[4] Cf. Sal 46.
[5] Cfr. 1ª Lectura: Hch 1,1-11.
[6] Sobre los evangelios, homilía 14, 6.

