El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (cf. Lc 14,25-33)
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“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos” (1)¡Qué gran oración! Porque nada hay más importante que descubrir qué es la vida; saber de dónde viene, qué sentido tiene, si continúa más allá de la muerte, y cómo vivirla para alcanzar una felicidad que jamás termine.
“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”, le pedimos a Dios. Porque la experiencia demuestra que los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse (2) ¡Cuántas veces, habiendo hecho lo que los demás dicen o hacen, nos hemos dado cuenta que no llegamos a ningún lado!
“Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”. Dios, que es la mismísima sabiduría, que lo ha creado todo y conoce todas las cosas, responde a nuestra súplica enviándonos a Jesús, que se ha hecho uno de nosotros para liberarnos del pecado y unirnos al Padre, origen y meta de todas las cosas, y quien hace la vida por siempre feliz.
Lo único que hace falta es que sigamos a Jesús, comprendiendo que esto es un compromiso serio, como dice el Papa(3) . Seguir a Jesús es darle la prioridad en nuestra vida, amándolo más que a nada. Y quien lo ama, vive amando a la familia, a la novia, a los amigos y a los demás como él enseña. De lo contrario, los amaremos egoístamente, no por lo que son, sino por lo que nos dan.
Quien sigue a Jesús vive amando. Por eso él nos invita a cargar la cruz y seguirlo ¿Y qué es cargar la cruz? Es amar a Dios y amar al prójimo, como Jesús nos ha enseñado. Es vencer nuestro egoísmo, liberarnos de estar apegados a los bienes, y hacer nuestras las necesidades del prójimo, como señala san Gregorio(4) , tratándolo como un hermano(5) .
Ciertamente esto no es fácil. Por eso Jesús dice que si queremos edificar primero debemos calcular el costo, para que no quedarnos a medias. Y quizá, calculando, nos demos cuenta que nos falta para construir bien nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo y nuestra sociedad ¿Cuál es la solución? Pedirle a Dios que nos ayude a través de su Palabra, de sus sacramentos y de la oración.
Así, con su ayuda, podremos enfrentar al demonio y vencer la tentación de ceder a sus propuestas de una tranquilidad aparente, como dice san Agustín(6) . Si dejamos que Dios nos eche la mano, seremos capaces de renunciar a nuestro egoísmo, a nuestros apegos y a los falsos valores, para seguir a Jesús por el camino que le da sentido a la vida y la hace plena y eterna: el amor.
A esto los llama el Señor, – y -. Él, que los ha elegido para hacerlos, mediante el sacramento del orden del diaconado, servidores del Pueblo de Dios en el ministerio “de la liturgia, de la Palabra y de la caridad”(7) .
¡Carguen su cruz! ¡Amen y sirvan! Experimenten, como decía san Juan Pablo II, “la urgencia de hacer el bien”(8) , siendo, como pedía san Policarpo a los diáconos, “misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”(9) .
Hermanas y hermanos, unidos a Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, demos gracias a Dios por estos nuevos diáconos que nos regala para continuar el servicio de Cristo entre nosotros, y pidámosle que a ellos y a todos nos ayude a tomarnos en serio el seguimiento de Jesús, amando y sirviendo como él nos ha enseñado.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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1. Cf. Sal 89.
2. Cf. 1ª Lectura: Sb 9,13-19.
3. Cf. Homilia 4 septiembre 2016.
4. Cf. Catena Aurea, 10425.
5. Cf. 2ª Lectura: Flm 9,10.12-17.
6. Cf. Catena Aurea, 10428.
7. Lumen Gentium, 29.
8. Homilía, 21 de abril de 1979.
9. Ad Phil. 5, 2.

