Mis ovejas escuchan mi voz (cf. Jn 10, 27-30)
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Uno que andaba por la calle se acercó a un caballero que pasaba y le preguntó: “¿Me podría decir dónde está la acera de enfrente?”. “¿Está usted tonto? –le respondió– La acera de enfrente es la que está enfrente”. Entonces, sorprendido, exclamó: “Pero acabo de estar allí y me han dicho que es esta…”.
Ciertamente el hombre del chiste quería llegar a un lugar, aunque no tuviera claro de dónde venía, a dónde iba y como llegar. Pero la gente, al verlo confundido, lo tildó de tonto y le dio una información que lo dejó igual. Podrían haberse interesado por él y preguntarle si buscaba alguna dirección para ayudarlo a llegar a su destino. Pero no.
Como aquella persona, todos andamos buscando. Puede ser que no tengamos del todo claro qué, pero una voz dentro nos impulsa a buscar algo que le dé sentido a la vida, algo que nos haga sentir plenos, algo que nos permita mejorarlo todo, algo que haga nuestra vida por siempre feliz.
¿Y saben qué? Dios nos echa la mano ¿Porqué? Porque él es bueno. Porque él nos creó y somos suyos[1] ¡Nos ama! Por eso, cuando a raíz del pecado que cometimos quedamos atarantados y perdimos el rumbo, nos envió a Jesús para rescatarnos y guiarnos.
Jesús nos conoce y se interesa por nosotros. Nos ama tanto que ha dado su vida para lavarnos del pecado, darnos su Espíritu, hacernos hijos de Dios y guiarnos a la casa del Padre, quien enjugará las lágrimas de nuestros ojos y nos hará felices por siempre[2].
Aunque andemos confundidos y sin rumbo, él se nos da a conocer, nos habla y nos ayuda. Sólo hace falta que lo escuchemos, como hizo san Agustín, que después de andar perdido, se dejó encontrar por él y lo escuchó. Entonces pudo confesar con alegría: “Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera… me tocaste, y me abrasé en tu paz[3].
Jesús, como dice el Papa, “nos guía por el camino de la vida”[4]. Nos hace ver que venimos de Dios y que sólo en él alcanzamos lo que tanto buscamos. Escuchémoslo en su Palabra, conozcámoslo en sus sacramentos y en la oración, y vivamos como nos enseña: amando a Dios y al prójimo. Porque sólo así, amando, saldremos adelante.
Este amor debe aterrizarse; debe impulsarnos a echarle la mano a los demás. Como hicieron Pablo y Bernabé, que compartieron con muchos el camino de la dicha eterna, sin detenerse ante los obstáculos, llenando de alegría y del Espíritu Santo a cuantos encontraron[5].
Así debemos ser nosotros; gente buena que, como Jesús, se interese por los demás, y no los juzgue por andar confundidos, equivocados o perdidos, sino que les eche la mano para salir adelante en su vida personal, familiar y social.
Pidamos a Dios que nos ayude a ser así. Pidámosle además que nos envíe sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos dispuestos a conocer a la gente, a amarla y a ayudarla a encontrar a Dios, a realizarse, a contribuir en la construcción de un mundo mejor, y a ser eternamente feliz.
+Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Sal 99.
[2] Cf. 2ª Lectura: Ap 7, 9.14b-17.
[3] Confesiones, Libro X, Cap. XXVII, 38.
[4] Cf. Regina coeli, 21 de abril de 2013.
[5] Cf. 1ª Lectura: Hch 13,14.43-52.

