Dichosos los que creen sin haber visto (cf. Jn 20,19-31)
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¡Jesús ha resucitado!
Y como dice el Papa, todo lo que él toca se llena de vida[1]. Así lo vemos con los discípulos que estaban encerrados por miedo: se les apareció y les cambió la vida, llenándolos de alegría.
También puede hacerlo con nosotros, que quizá estemos encerrados en nosotros mismos a causa del temor provocado por una enfermedad, una desilusión, un fracaso, una pena, y los problemas en casa, la escuela, el trabajo y en este mundo violento ¡Jesús puede cambiar nuestra vida!
Él se acerca a nosotros a través de su Palabra, de sus sacramentos –especialmente la Eucaristía– , de la oración, del prójimo y de los acontecimientos, y nos dice: “La paz esté con ustedes”. Y para que descubramos porqué podemos estar en paz, nos enseña las heridas de sus manos y de su costado.
Las conserva abiertas para curar nuestras dudas, como dice san Agustín[2], porque son la prueba de que podemos confiar en él, que nos ha amado hasta dar la vida para salvarnos, y que ahora, vivo para siempre, nos ofrece una vida plena y eterna[3].
Con sus heridas, Jesús nos da la paz al demostrarnos que el amor, que en definitiva es Dios, es el verdadero poder, capaz de vencer al pecado, al mal y la muerte[4], y de hacer triunfar para siempre la verdad, el bien y la vida.
Así nos libera de todos nuestros temores, por grandes que sean; porque nos hace ver que tarde o temprano todas las penas y problemas terminan, y que al final, lo que permanece es el amor. Por eso nos comparte la misión que el Padre le confió: amar apasionadamente, y así ayudar a todos a salvarse.
Siendo comprensivos, justos, pacientes, solidarios, serviciales, perdonando y pidiendo perdón, haremos grandes prodigios, como los discípulos[5], porque estaremos ayudando a salvar nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros ambientes y nuestra sociedad.
Quizá, como sucedió a Tomás al principio, hasta ahora nos hemos resistido a creer en el Resucitado y su fuerza transformadora. No desesperemos. Como hizo con aquel Apóstol, Jesús, que nos tiene paciencia, no dejará de hacernos “tocar” las señales de su amor apasionado por nosotros ¿Porqué? Porque su misericordia es eterna[6].
Por eso, en este Domingo de la Divina Misericordia, Jesús, el creador que se ha hecho uno de nosotros para liberarnos del pecado y hacernos partícipes de su vida por siempre feliz, nos repite lo que dijo a santa Faustina: “Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia… Mi amor no desilusiona a nadie”[7].
Como Tomás, dejándonos transformar por él, respondámosle con fe, esperanza y amor: “Señor mío y Dios mío. Jesús, ¡en Ti confío!”, decididos a cumplir la misión que nos ha compartido, con la ayuda del Espíritu Santo que nos ha dado: amar apasionadamente.
+ Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Vive Cristo, 1.
[2] Cf. Catena Aurea, 14019.
[3] Cf. 2ª Lectura: Ap 1,9-11a.12-13.17-19.
[4] Cf. JUAN PABLO II, Dives in misericordia, 15.
[5] Cf. 1ª Lectura: Hch 5, 12-16.
[6] Cf. Sal 117.
[7] KOWALSKA Faustina, Diario la Divina Misericordia en mi alma, Association of Marian Helpers, Stockbridge, MA, 2004, nn. 687 y 29.

