El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido(cf. Lc 4, 16-21)
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“Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír”. Con estas palabras, pronunciadas en la Sinagoga de Nazaret, Jesús, dejándonos ver que sabe quién es y cuál es su misión, nos da la gran noticia de que en él Dios cumple su promesa de salvarnos.
Y nosotros, sus sacerdotes, ¿tenemos claro quiénes somos, lo que estamos llamados a ser y la misión que se nos ha confiado? Preguntémonoslo seria y profundamente. Porque de eso depende la forma en que nos comprendamos a nosotros mismos, el sentido que demos a nuestra vida, y nuestra relación con Dios y con los demás.
¿Cuál es el parámetro? ¿Cuál es la medida? No una idea o una teoría, sino una persona: Jesús, que, siendo Dios, se hizo uno de nosotros para que podamos unirnos a él e imitarlo. De ahí que el Concilio afirme que Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su vocación[1]. Él nos hace ver lo que somos y lo que podemos llegar ser, y nos ayuda a alcanzarlo.
Jesús sabe que es el Hijo único de Dios, creador de todas las cosas, que es bueno y que lo ama, y vive esta relación filial con total confianza, haciendo la voluntad del Padre. Por eso aceptó encarnarse para, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, anunciar la buena nueva a los pobres, curar a los de corazón quebrantado, proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y pregonar el año de gracia del Señor[2].
Amando hasta dar la vida, Jesús nos libera de la cárcel del pecado, como dice san Beda[3], nos da su Espíritu, nos hace hijos de Dios y proclama para nosotros el año de gracia del Señor; ese día eterno, que, como explica san Ambrosio, nos dará la recompensa del reposo[4].
Jesús ha comprendido quién es y cuál es su misión, y ha vivido en consecuencia. Queridos padres, salvados e iluminados por él podemos descubrir que somos hijos de Dios; que de él venimos, en él vivimos y hacia él vamos.
Él, nuestro Padre, que nos ama infinita e incondicionalmente, nos ha llamado y nos ha ungido con su Espíritu para hacernos partícipes del sacerdocio de Cristo, confiándonos así prolongar su vida y su misión, anunciando la buena nueva a los pobres, curando a los de corazón quebrantado, proclamando el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y pregonando el año de gracia del Señor.
¿Lo estamos haciendo? ¿Todo lo que somos, pensamos, decimos y hacemos está orientado de acuerdo a nuestra identidad sacerdotal y a nuestra misión ministerial? ¿Al vernos, la gente, nuestros fieles, pueden experimentar que en nosotros y a través de nosotros, Jesús repite cada día la gran y esperanzadora noticia: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír”?
No tengamos miedo. A pesar de nuestras debilidades, de nuestras caídas, de nuestros malos momentos, el Señor siempre nos sostendrá y nos dará su fortaleza[5]. Él puede consolarnos, curarnos, perdonarnos, liberarnos y llenarnos de su amor. Él puede ayudarnos a recomenzar y hacer bien las cosas. Sólo hace falta que nos demos cuenta que lo necesitamos y que en serio nos dejemos ayudar por él.
Para esto, queridos padres, no basta que sepamos muchas cosas teóricas de Dios; es fundamental que nos relacionemos íntimamente con él; que tengamos la experiencia vital de una amistad profunda con él, escuchando su Palabra, celebrando sus sacramentos, conversando con él en la oración, encontrándolo en las personas, en los acontecimientos y en la creación.
Por favor, ¡hagámoslo! Es por nuestro bien. Es por el bien de nuestros fieles. Es por el bien de un mundo que necesita ver en nosotros instrumentos creíbles y esperanzadores del amor de Dios, y comprobar que, como dice el Papa, todo lo que él toca se hace nuevo, se llena de vida[6].
Esto vale para todos; diáconos permanentes, consagradas y consagrados, seminaristas, hermanas y hermanos laicos. Porque Jesús ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre[7]. Somos sus hijos. Y ungiéndonos con su Espíritu mediante los oleos de los catecúmenos, de los enfermos y el santo Crisma, que bendeciremos en unos momentos, nos confía la misión de llevar su amor misericordioso a todos[8].
No se trata, como señala el Papa, de que seamos “bichos raros”, pero sí de atrevernos a ser distintos; “a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social”[9].
En este Año Jubilar por el 60 aniversario de nuestra Diócesis, pidamos a Nuestra Madre, Refugio de los pecadores, que interceda por nosotros ante su Hijo para que todos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos, descubriendo lo mucho que lo necesitamos, nos dejemos consolar, sanar y liberar por él, y llenos de su Espíritu de Amor, como hijos que somos de Dios, llevemos a todos la buena nueva que consuela, libera, sana y hace la vida plena y eterna.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
Catedral de Matamoros, 17 de abril de 2019
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[1] Cf. Gaudium et spes, 22.
[2] Cf. 1ª Lectura: Is 61, 1-3.
[3] Cf. In Salm. 125.
[4] Cf. Catena Aurea, 9414.
[5] Cf. Sal 88.
[6] Cf. Vive Cristo, 1.
[7] Cf. 2ª Lectura: Ap 1, 4b-8.
[8] Ídem.
[9] Ibíd., 36.

