La higuera infecunda (cf. Lc 13,1-9)
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Dios, que nos quiere mucho, conoce nuestros sufrimientos. Por eso, como anunció al enviar a Moisés[1], ha enviado a Jesús para liberarnos de la opresión del pecado, causa de todos los males, y llevarnos hasta él, en quien somos felices para siempre.
¡Ese es nuestro Dios! Un Padre bueno y misericordioso que perdona nuestros pecados, rescata nuestra vida del sepulcro y nos llena de amor y de ternura[2]. Sin embargo, quizá nos cueste creerlo al ver tantas tragedias en el mundo. Por eso podemos llegar a pensar son un castigo de Dios y que quienes las sufren se lo merecen por ser pecadores.
¡Cuántas veces escuchamos decir que una enfermedad, un desastre provocado por la naturaleza –como un huracán, un terremoto, un tsunami, una erupción volcánica–, la pobreza y la violencia son un castigo de Dios por los pecados de quienes lo padecen!
Así lo pensaban los que fueron a contarle a Jesús de la matanza de unos galileos y las muertes en el derrumbe de la torre de Siloé, como señala san Cirilo[3]. Pero Jesús les hace ver que Dios no manda las tragedias para castigar las culpas, sino que son una ocasión para que reflexionemos y comprendamos que la vida terrena es fugaz y así nos decidamos a vivir de tal manera que alcancemos la eternidad[4].
Eso es lo que nos enseña a través de la parábola de la higuera que no daba fruto. Esa higuera, como señala el Papa, representa a la persona que sólo vive para sí misma y que es incapaz de hacer el bien, de hacer algo para ayudar a los demás[5].
Dios, nuestro Padre, nos ha creado y nos ha puesto en su viñedo, que es el mundo y la Iglesia, como explica san Teofilacto[6]. Ha enviado a su Hijo para que, amando hasta dar la vida, nos ofrezca una prórroga liberándonos del pecado y dándonos su Espíritu de Amor, que nos hace hijos suyos ¿Qué nos toca hacer? Dar fruto.
¿Estamos dando fruto con nuestro cuerpo, respetándolo y cuidándolo? ¿Estamos dando fruto con nuestra afectividad, dirigiéndola correctamente? ¿Estamos dando fruto con nuestra inteligencia, buscando la verdad? ¿Estamos dando fruto con la fe, alimentándola con la Palabra de Dios, los sacramentos y la oración? ¿Estamos dando fruto ayudando a construir una familia, una sociedad, una Iglesia y un mundo mejor?
La clave para dar fruto es el amor. Por eso, debemos imitar a Jesús, que en lugar de decir, “sí, hay que cortar la higuera infecunda”, pidió una prórroga para ella y le echó la mano para ver si daba fruto. Como él, en lugar de pensar que la gente se merece lo que le pasa, ayudémosla a salir adelante.
No pensemos que si las cosas van mal en casa es por culpa del esposo, la esposa, los hijos, los papás, la suegra, la nuera, los hermanos, y que por eso, la infelicidad que sufren se la merecen. Que si un compañero sufre bullying, se lo ganó por ser un “nerd”. Que si alguno padece injusticia o pobreza, es por ser “dejado” o flojo. Que un migrante se merece ser maltratado porque seguramente es un criminal. Más bien pensemos qué podemos hacer para ayudarlos. O de lo contrario, como advierte san Pablo, habiendo recibido tantas gracias de Dios, no entraremos en la tierra prometida[7].
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 1ª Lectura: Ex 3,1-8.13-15.
[2] Cf. Sal 102.
[3] Cf. Catena Aurea, 10301.
[4] Cf. Benedicto XVI, Ángelus, 17 de marzo de 2006.
[5] Cf. Homilía 29 de mayo de 2015, en Santa Marta.
[6] Cf. Catena Aurea, 10306.
[7] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 10,1-6.10-12.

