¿Qué debemos hacer? (cf. Lc 3, 10-18)
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A veces pasan cosas que nos desaniman; enfermedades, penas, problemas. Pero hoy, a través del profeta Sofonías y del apóstol san Pablo, Dios nos dice: “¡Alégrense!” ¿Y de qué tenemos que alegrarnos? De que él se hace uno de nosotros en Jesús y nace en Belén para liberarnos del pecado, causa de todos los males, y hacernos felices por siempre.
¡Sí! Dios, autor de cuanto existe, nos ama y nos echa la mano[1]. Y no lo hace sólo por un rato, sino para siempre. Por eso con él estamos seguros[2]. Porque mientras que en esta vida todo se pasa –las alegrías, los sufrimientos y las dificultades–, Jesús nos da su Espíritu que nos libera definitivamente de todos los males y nos trae una paz eterna que sobrepasa todo lo que podemos imaginar[3].
Sin embargo, a nosotros toca recibirlo. Para eso debemos prepararnos ¿Cómo? Juan el Bautista, enviado por Dios para preparar el camino al Salvador, nos lo dice a través de las respuestas que da a los tres grupos de personas que le preguntan qué deben hacer.
Si nos fijamos bien, nos daremos cuenta que el Bautista no aconseja cosas que se quedan en el aire, sino aterrizadas. Como cada grupo es diferente, a cada uno le da indicaciones concretas, según su situación y sus posibilidades. Pero, como hace notar san Ambrosio, el consejo de practicar la misericordia es común para todos[4].
Así, a la gente del pueblo le dice que deben compartir con quien carece de lo necesario; a los que cobran impuestos, que no cobren más de lo establecido, esto es, que no pidan sobornos; y a los soldados, que no extorsionen ni se aprovechen de nadie.
Estas tres respuestas, como señala el Papa Francisco, manifiestan el amor al prójimo en compromisos concretos de justicia y solidaridad[5]. Y valen también para nosotros, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades. “La conversión –comenta Benedicto XVI– comienza por la honestidad y el respeto a los demás” [6].
Comprendiéndolo, examinémonos a nosotros mismos: ¿Somos honestos, respetuosos, justos, solidarios y compartidos con la esposa, el esposo, los hijos, los papás, los hermanos, los demás parientes, la novia, el novio, los amigos, los vecinos, los compañeros de escuela o de trabajo, la gente con la que tratamos y los más necesitados?
No seamos de los que piensan que son buenos sólo porque tienen buenas intenciones. El amor y el bien no son sólo sentimientos o ideas, sino realidades que deben aterrizarse en cosas muy concretas. Pidámosle a Dios que nos ayude a hacerlo así. Porque sólo así nuestra vida se hace plena. Porque sólo así contribuimos a que las cosas mejoren en casa y en el mundo. Porque sólo así nos estaremos preparando para recibir a Jesús y gozar de la vida por siempre feliz que él nos trae.
+Eugenio A. Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 1ª Lectura: Sof 3,14-18a.
[2] Cf. Sal: Is 12.
[3] Cf. 2ª Lectura: Fil 4, 4-7.
[4] Cf. Catena Aurea, 9310.
[5] Cf. Angelus, III Domingo de Adviento, 13 de diciembre de 2015.
[6] Angelus, III Domingo de Adviento, 16 de diciembre de 2012.

