Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo (cf. Mc 12, 28-34)
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Hace unos días recordamos de forma especial a nuestros difuntos. Así, de alguna manera pensamos en la muerte, frente a la cual hacemos todo lo posible por prolongar la vida ¿Por qué? Porque instintivamente sentimos que estamos hechos para vivir. Y así es; Dios nos creó para que viviéramos por siempre. Sin embargo, desconfiamos de él y pecamos, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte.
Pero Dios no nos abandonó; se hizo uno de nosotros en Jesús para, amando hasta dar la vida, liberarnos del pecado, unirnos a sí mismo, darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.
¿Qué nos toca hacer para alcanzar esa vida? Seguir el camino del amor que él nos ha dado a través de sus mandamientos, como aconsejaba Moisés al pueblo[1]. Sin embargo, siendo varios estos mandamientos, puede surgirnos una inquietud: ¿Cuál es el más importante? Esa es la pregunta que el escriba dirige a Jesús.
Entonces, citando la Palabra de Dios, el libro del Deuteronomio, Jesús responde: “El primero es: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” ¡Sí! Lo primero que debemos hacer es abrirnos a Dios para que él pueda entrar en nosotros y llenarnos de su amor[2] ¿Cómo? Escuchando y haciendo vida su Palabra, recibiendo sus sacramentos y platicando con él en la oración.
Así, llenos de su amor, seremos capaces de amarlo a él y al prójimo, puesto que, como señala san Teofilacto: “el que ama a Dios ama sus obras” [3]. Esto es lo que Jesús recuerda cuando, citando nuevamente la Palabra de Dios, ahora el libro del Levítico, le dice al escriba: “el segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y concluye: “No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.
De esta manera, como hace notar el Papa, al poner juntos estos dos mandamientos –el amor a Dios y el amor al prójimo–, Jesús revela que son inseparables; “son las dos caras de una misma medalla”[4].
¿Y qué es amar? Es comprender, actuar con justicia, ser paciente y servicial, echar la mano, perdonar y pedir perdón ¿Y quién es el prójimo al que debemos amar? La esposa, el esposo, los hijos, los papás, los hermanos, la suegra, la nuera, el yerno, las cuñadas, los amigos, los vecinos, los compañeros y cuantos encontremos por el camino de la vida, especialmente los más necesitados.
Quizá nos parezca difícil amar a algunos de esos prójimos, porque no faltan los que son pesados, los que se portan mal, los que no nos quieren, los que no queremos y los que parecen una carga. Pero, ¡animo! Jesús intercede siempre por nosotros ante Dios[5], que es nuestra fortaleza[6]. Fiados en su ayuda, pongamos todo de nuestra parte para amar a Dios con todo nuestro ser y todas nuestras fuerzas, y amar al prójimo como a nosotros mismos.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 1ª Lectura: Dt 6,2-6.
[2] Cf. Aclamación: Jn 14,23.
[3] Catena Aurea, 7228.
[4] Ángelus, Domingo 26 de octubre de 2014.
[5] Cf. 2ª Lectura: Hb 7, 23-28
[6] Cf. Sal 17.

