¿Qué quieres que haga por ti? (cf. Mc 10, 46-52)
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Bartimeo estaba ciego; no podía verse a sí mismo, ni a nadie, ni a nada. Por eso estaba sentado al borde del camino, viviendo de limosna. Eso es lo que hace el pecado: nos impide vernos a nosotros mismos, a los demás, al mundo y a Dios. Así nos deja atorados en la oscuridad del egoísmo, marginados de lo realmente valioso, resignados a vivir de la limosna de placeres y de cosas que no alcanzan para darle sentido a la vida.
Pero Bartimeo no se conformaba con vivir así. Comenta san Beda: “No hay nada que pueda desear el ciego con preferencia a la vista, puesto que tenga lo que tenga, no puede verlo” . Por eso, cuando escucha que Jesús pasa, le grita: “ten compasión de mí”. Y Jesús, aunque iba en un importante viaje hacia Jerusalén, se detuvo a atenderlo.
No se contentó con darle limosna, sino que, como señala el Papa, se implicó en su situación . Le pregunta qué quiere que haga por él. Así le demuestra que Dios se interesa por él. Ese Dios, creador de todas las cosas, que en Jesús se ha hecho uno de nosotros para sanarnos de la ceguera del pecado, unirnos a él, darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz.
Entonces Bartimeo le dice con fe: “Maestro, que pueda ver”. Jesús, a quien el Padre constituyó sumo sacerdote para intervenir en favor nuestro , le responde: “tu fe te ha salvado”. Y al momento, Bartimeo recobró la vista y comenzó a seguirlo.
Dios es capaz de cambiar nuestra suerte . Él, que puede hacer resplandecer en nosotros la verdadera vida , viene a través de su Iglesia, por medio de su Palabra, sus sacramentos y la oración, y nos pregunta con amor: “Qué quieres que haga por ti”. Si con fe le pedimos: “Que pueda ver”, él hará que miremos todo con claridad para seguirle por el camino que conduce a la vida por siempre feliz.
¿Y cuál es ese camino? El propio Jesús, a quien debemos imitar aprendiendo a ver a los demás, interesarnos por ellos, escucharlos y saber qué anhelan y qué esperan de nosotros. Como a los discípulos, Jesús nos envía a llamar a la esposa, al esposo, a los hijos, a los hermanos, a los vecinos, a los compañeros y a los más necesitados, y animarlos a encontrarse con él. Porque como dice el Papa: “sólo el encuentro con Jesús da la fuerza para afrontar las situaciones más graves” .
No vaya a sucedernos que, demasiado ocupados en nuestras actividades, pasemos de largo ante las necesidades de la familia y de los demás. No vaya a sucedernos que no seamos capaces de dedicar un poquito de nuestro tiempo a preguntarles, como Jesús, “¿Qué quieres que haga por ti?”. Ni menos vaya a sucedernos que seamos de aquellos que se sienten incómodos ante las necesidades de los que nos rodean, y los ven sólo como una molestia.
Jesús no se desentendió de nosotros ni nos vio como una molestia ¡Al contrario! Nos amó tanto que fue capaz de entregar su vida para salvarnos y llevarnos a la vida por siempre feliz que se encuentra en Dios . Dejémosle que nos ayude a ver. Y si de momento parece que no pasa nada, sigámosle echando ganas como Bartimeo. Entonces el Señor nos sanará de nuestra ceguera para que ayudemos a muchos a salir de la oscuridad y a encontrarse con él, que hace grandes cosas por todos .
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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1. Catena Aurea, 7046.
2. Cf. Homilía en la Misa de clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, XXX Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de octubre de 2015.
3. Cf. 2ª Lectura: Hb 5, 1-6.
4. Cf. Sal 125.
5. Cf. Aclamación: 2 Tim 1,10.
6. Homilía en la Misa de clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, XXX Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de octubre de 2015.
7. Cf. 1ª Lectura: Jr 31, 7-9.
8. Cf. Sal 125.

