El hijo del hombre ha venido a servir (cf. Mc 10, 35-45)
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Existe una tentación terrible, que provoca injusticias y conflictos, y que nos puede seducir a todos: el poder, que es querer estar por encima de los demás y servirnos de ellos. Y esta tentación no sólo acecha a los políticos, sino a todos, en casa, la escuela, el trabajo, la Iglesia y la convivenca social.
¿Acaso no muchos de los pleitos entre esposos, hijos, papás, hermanos, la suegra, la nuera, las cuñadas, en el noviazgo y con los amigos son provocados por luchas de poder? ¿Qué son las mentiras, los berrinches, los chantajes y los gritos, sino intentos de dominar a los otros? ¿Qué son el bullying, las trampas, los insultos, la corrupción y la violencia, sino formas de demostrar quién puede más?
Sí, la tentación de poder nos acecha a todos; incluso a la gente buena. Así lo vemos con dos de los discípulos cercanos a Jesús: Santiago y Juan, que, pensando que el Reino de Dios era el triunfo de un nuevo orden político y social, le pidieron un puesto importante. “Lo que en realidad pedían –comenta san Juan Crisóstomo– era la supremacía sobre los demás”[1].
Entonces Jesús, Dios creador de cuanto existe que se ha hecho uno de nosotros para liberarnos del pecado, unirnos a sí mismo, darnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz, les ayuda a comprender las cosas. Él, que ha sido probado en todo como nosotros, comprende nuestras luchas y nos echa la mano[2].
Así, a Santiago, a Juan, a los demás Apóstoles y a nosotros nos enseña qué es la vida, dándonos ejemplo. Nos hace ver que, como anunciaba el profeta Isaías, él ha venido a realizarse sirviéndonos hasta entregar su vida para llevarnos a Dios[3]. Si queremos realizarnos, llevar a Dios a nuestra familia y al mundo, y alcanzar la eternidad, debemos ser servidores como él.
Jesús nos invita a comprender que el verdadero poder, capaz de ponerle un límite al mal y hacer triunfar para siempre la verdad, el bien, el progreso y la vida, es el amor. Un amor que impulsa a servir a los demás, como Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.
“Jesús –comenta el Papa– nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de servir”[4] ¡Démonos esa oportunidad! Así estaremos menos tensos y viviremos más tranquilos al no sentir necesidad de probarnos algo dominando a los que nos rodean. Buscando el bien de los otros ayudaremos a la familia, a los compañeros, a la Iglesia y a la sociedad, especialmente a los más necesitados, a tener una vida mejor ¡Esa es nuestra misión!
Quizá nos cueste trabajo ¡Ánimo! Acudamos a Dios para pedirle su ayuda a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, rogándole que la fuerza de su misericordia venga sobre nosotros[5]. Entonces veremos que él nos echa la mano para que le echemos la mano a los demás.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2.
[2] Cf. 2ª Lectura: Hb 4, 14-16.
[3] Cf. 1ª Lectura: Is 53, 10-11 /o Is 60, 1-6.
[4] Homilía Santa Misa, XXIX Domingo Ordinario, 18 de octubre de 2015.
[5] Cf. Sal 32.

