Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre (cf. Jn 6, 24-35)
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Homilía pronunciada por S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de la Diócesis de Matamoros, en la peregrinación de las Diócesis de Tampico, Ciudad Victoria y Matamoros a la Basílica de Guadalupe, agosto 5 de 2018.
Como la gente en aquel tiempo, venimos buscando a Jesús ¿Pero por qué lo buscamos? Quizá porque queremos que nos cure de una enfermedad, nos saque de una pena o nos resuelva algún problema. Y está bien. Sin embargo, como en esta vida todo se termina, él nos invita a mirar más allá; a tirarle a lo grande, a lo que da vida eterna: el encuentro con Dios.
¡Jesús es quien hace posible ese encuentro! Por eso nos dice: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed” ¿Cómo puede hacerlo? Porque él es Dios, creador de todas las cosas, que se hizo uno de nosotros para rescatarnos del lío en que nos metimos al desconfiar de él y pecar, con lo que abrimos las puertas del mundo al mal y la muerte. Amando hasta dar la vida, nos ha liberado del pecado, nos ha comunicado su Espíritu, nos ha unido a sí mismo, y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz, que consiste en amar.
Así nos ha alimentado en abundancia. 1 ¡Ha hecho que nos llueva comida del cielo!, como lo anunció al alimentar al pueblo de Israel en el desierto. 2 ¿Qué nos toca hacer para recibir este alimento que hace la vida plena y eterna? Creer en Jesús. Y creer en él es amarlo, es ir a él y unirnos a su cuerpo, la Iglesia, como señala san Agustín. 3
Creamos en Jesús y alimentémonos de él, a través de su Palabra, de sus sacramentos -sobre todo la Eucaristía- y de la oración. Así recibiremos la fuerza de su Espíritu para renovarnos y vivir en la justicia y en la santidad, como dice san Pablo. 4 Entonces comprenderemos que, como señala el Papa: “este «pan de vida» nos ha sido dado… para que podamos a su vez saciar el hambre espiritual y material de nuestros hermanos”. 5
Por eso, hoy en el Tepeyac, Nuestra Madre de Guadalupe, discípula misionera de Jesús, nos repite a cada uno, como señaló el Papa en esta Basílica: “ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos”.6.
¿Lo estamos haciendo? ¿Ponemos de nuestra parte para saciar el hambre de amor y de vida digna de la familia, de los vecinos, de los compañeros de estudio o de trabajo y de la gente que nos rodea, especialmente los más necesitados? ¿Con nuestras palabras, acciones y oraciones les ayudamos a encontrar a Dios, que es el único que puede satisfacer el hambre de eternidad?
Que por intercesión de la Morenita del Tepeyac, el Señor nos dé la fuerza para trabajar por él, que es el alimento que da vida eterna, recibiéndolo en la Eucaristía y viviendo como nos enseña: amando y ayudando a los demás.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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1 Cf. Sal 77.
2 Cf. 1a Lectura: Ex 16, 2-4. 12-15.
3 Cf. In loannem, tract., 25.
4 Cf. 2a Lectura: Ef4, 17. 20-24.
5 Angelus, 2 de agosto de 2018.
6 Santa Misa en la Basílica de Guadalupe, 13 de febrero de 2016.

