¿Cómo haremos para que coman éstos? (cf. Jn 6, 1-15)
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Jesús subió al monte, a la presencia de Dios. Y desde esa altura pudo contemplar mejor a la gente y percibir sus necesidades, que hizo suyas. Sabía que los que lo seguía tenían hambre, y no se quedó pensando “pobrecitos”, sino que hizo algo: les dio comida a su tiempo[1].
Así demostró que era el profeta esperado que, como, anunció Eliseo, fiado en Dios alimentó a la gente[2]. Pero para hacerlo, quiere involucrarnos. Nos invita, como explica san Juan Crisóstomo, a subir con él a la montaña, es decir, a unirnos a Dios[3], y a hacer nuestras las necesidades de los demás.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca de 815 millones de personas padecen hambre en el mundo, a pesar de que se producen alimentos suficientes para todos[4]. Por eso, como a Felipe, Jesús nos pregunta: “¿Cómo haremos para que coman éstos?”
Felipe respondió que no era posible comprar comida para todos. Andrés, hermano de Simón Pedro, le contestó que había un muchacho que tenía cinco panes de cebada y un par de peces; y aunque reconoció que no alcanzaba para tantos, al menos se involucró, lo mismo que el joven que los puso a disposición. Entonces Jesús tomó la humilde donación, rezó, repartió los panes y los peces, y todos comieron ¡Hasta sobró!
“Jesús –dice el Papa– sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer ese poco que tenemos, como el joven del Evangelio”[5].
El propio Jesús se ofreció a sí mismo; amando hasta dar la vida, se nos entrega como alimento en su Palabra y en sus sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde nos sacia con su amor para que, confiando en él, pongamos en sus manos nuestro esfuerzo por ser humildes, amables, comprensivos, y por mantener la unidad y la paz, como aconseja san Pablo[6], para que él lo multiplique y muchos puedan quedar saciados.
Pongamos en sus manos nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestra fe y nuestros recursos, aunque sean pocos, para que en casa, la escuela, el trabajo, la sociedad y la Iglesia nadie padezca hambre de comprensión, de amor, de justicia, de ayuda y de perdón, y todos se vean saciados de Dios y de una vida digna y plena que llegue a ser eterna.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. Sal 144.
[2] Cf. 1ª Lectura: 2 Re 4, 42-44.
[3] Cf. In Ioannem, hom. 40.
[4] Cf. fao.org.
[5] Angelus, 26 de julio de 2015.
[6] Cf. 2ª Lectura: Ef 4,1-6.

