El Reino de Dios es como un grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34)
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Casi a todos nos gusta ver resultados rápido. Si nos ponemos una loción para que crezca el cabello, queremos verlo abundante en una semana. Si empezamos a hacer ejercicio, queremos tener una figura espectacular en un mes. Si estudiamos un nuevo idioma, queremos hablarlo a la perfección en quince días ¡Somos así! El problema es que esa impaciencia puede llevarnos a desanimarnos y a “tirar la toalla”.
Sin embargo, hay que tener presente que las cosas toman tiempo. De ahí el refrán: “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Si lo comprendemos, aprenderemos a hacer lo que debemos hacer y a tener paciencia para ser constantes ¡Así veremos resultados! Porque hay que ir paso a paso.
Es lo que Jesús nos enseña a través de la parábola del hombre que siembra la semilla, que poco a poco va creciendo y produciendo fruto. Él es esa semilla que el Padre plantó en el mundo para que, encarnándose de María y amando hasta dar la vida, nos liberara del pecado y de la muerte, nos hiciera fructificar dándonos su Espíritu y nos concediera anidar para siempre en la casa del Padre, como anunciaba el profeta Ezequiel[1].
Y toda esta maravilla comenzó de manera muy sencilla, como empieza todo; un gran árbol proviene de una semilla, un ser humano de una célula llamada cigoto, un atleta primero anduvo a gatas antes de jugar fútbol, un pintor comenzó haciendo trazos antes de realizar obras de arte. De igual manera, Jesús comenzó por hacerse pequeño al encarnarse de María para sembrar en nosotros su Palabra, que produce el fruto de la eternidad.
Lo único que hace falta es que la recibamos ¿Cómo? Comenzando por tener buenos deseos y procurar hacer el bien, como dice san Gregorio Magno[2]. Así, dejando que el amor inspire nuestra manera de pensar, de hablar y de actuar, Dios nos ayudará a ir madurando poco a poco hasta que, cuando llegue el momento de la ciega, es decir, el juicio final, podremos gozar del fruto del amor unidos a él por toda la eternidad[3].
Claro está que esto sigue un proceso. Por eso san Felipe Neri decía que no se llega a santo en cuatro días, sino poco a poco[4]. No seamos impacientes. Nadie puede, de la noche a la mañana, ser la mejor persona, el mejor marido, la mejor esposa, el mejor padre, la mejor madre, el mejor hermano, el mejor cristiano, ni el mejor ciudadano. Hay que ir poco a poco, avanzando cada día, guiados por la fe, como dice san Pablo[5].
Esa fe que, como señala el Papa, nos hace ver que la victoria de Dios es segura; que su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza, al compromiso y a la esperanza, a pesar de las injusticias, problemas y sufrimientos[6]. Así que a echarle ganas. Y paciencia, con nosotros y con los demás.
Porque a siempre habrá cosas que no nos gusten en casa, la escuela, el trabajo, la Iglesia y la sociedad. Pero no seamos como aquél que entró a la farmacia y preguntó: “¿Tiene pastillas para la impaciencia? ¡Ya déjelo! ¡Adiós!”. No exijamos que los demás sean perfectos ya. Como Jesús, sembremos en ellos la semilla del amor, con paciencia y perseverancia, confiando en que Dios hará germinar, poco a poco, en nuestra familia y en el mundo, la verdad, la justicia, el bien, el progreso y la vida.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Cf. 1ª Lectura: Ez 17, 22-24.
[2] Cf. Catena Aurea, 6426.
[3] Cf. Sal 91.
[4] Cf. Manuscrito ACOR, A. III. 9, en www.oratorio.mx.
[5] Cf. 2ª Lectura: 2 Cor 5, 6-10.

