Los amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1-15)
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De rodillas, lavando los pies. Así vemos a Jesús, en cuyas manos el Padre, creador de cuanto existe, ha puesto todas las cosas. De rodillas, porque siendo Dios, se abajó al hacerse uno de nosotros para dar la vida y así limpiarnos la herida mortal del pecado que nos provocamos al desconfiar de Dios, y darnos la salud sin final de ser hijos suyos.
Dice san Agustín: “Dejó sus vestiduras el que siendo Dios se anonadó a sí mismo. Se ciñó con una toalla el que recibió forma de siervo. Echó agua en la jofaina para lavar los pies de sus discípulos, el que derramó su sangre para lavar con ellas las manchas del pecado”[1]. Así Jesús hace realidad la libertad y la vida que anunciaba la Pascua judía[2].
¿Pero porqué llega a tanto? Porque nos ama. Nos ama a todos y a cada uno, que somos suyos. A nadie excluye. Nos ama mucho. Nos ama hasta el extremo. Nos ama con un amor divino, infinito e incondicional. Por eso, deseando que vivamos como hijos de Dios y que lleguemos a ser felices por siempre con él, nos invita a imitarle en su amor, y ayudarnos unos a otros[3].
Sin embargo, quizá como a Pedro, nos cueste trabajo ver a Jesús así, de rodillas y sirviendo. Nos cuesta trabajo porque tenemos nuestras propias ideas de cómo debe ser Dios y de cómo debe actuar. Porque verlo así nos compromete a ser serviciales, algo que no está de moda en un mundo donde parece que el que quiera triunfar debe servirse de los demás, usándolos como si fueran objeto de placer, de producción o de consumo.
Pero, ¡cuidado! Porque si nos obstinamos, nos sucederá lo que a Judas, que no se dejó sanar. Aprendamos de Pedro a saber recapacitar y abrirnos a Jesús; a confiar en él y a seguir el estilo de vida que nos propone, y que es el único para realizarnos, para construir una familia y un mundo mejor, y para alcanzar la vida por siempre feliz con Dios, que es amor.
Ser serviciales y ayudar a los demás comienza por saber decir palabras muy sencillas, como: “permiso”, “gracias”, “perdón”. “Una persona educada –comenta el Papa– pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca” [4]. Y esto nos llevará a cosas más importantes, como ser veraces, comprensivos, responsables, justos, pacientes, solidarios y perdonar, en casa, entre vecinos, en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia y en la sociedad.
Ciertamente, amar y servir cuesta trabajo. Jesús lo sabe. Por eso nos ofrece, además de su ejemplo, un alimento “multivitamínico de inmortalidad”: la Eucaristía, que nos dejó la noche en que iba ser entregado[5], y en la cual nos une a sí mismo y nos comunica todo el poder de su encarnación, muerte y resurrección, por la que nos une a Dios y entre nosotros, y nos da la fuerza para ser constructores de unidad, amando y sirviendo a los demás.
¿Cómo le pagaremos tanto bien? Levantando el cáliz de la salvación en la Misa dominical[6]. Y conscientes de que esto es posible gracias a que en la última Cena Jesús hizo partícipes de su sacerdocio único y eterno a sus apóstoles, pidamos a Dios por sus sacerdotes y seminaristas, y que conceda a su Iglesia muchas y santas vocaciones, para que en todo el mundo pueda seguirse cumpliendo su mandato de amor: “Hagan esto en memoria mía”.
+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros
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[1] Catena Aurea, 13301.
[2] Cf. 1ª Lectura: Ex 12,1-8.11-14.
[3] Cf. Aclamación: Jn 13, 34.
[4] Audiencia, 13 de mayo de 2015.
[5] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 11, 23-26.
[6] Cf. Sal 115.

